Este mes se murió Pedro, mi vecino de arriba, con 80 años y una neumonía que terminó en la innombrable a la que le dicen cáncer en voz baja y después de muy poco tiempo sabiendo que se iba, se fue. Yo se lo conté a todo el que me cruzara, le hable de Pedro y de su viuda Betty, mi hiperactiva vecina que juega al tenis, tiene amigas , fue docente y se destaca por su voracidad de conocimiento y resolución. Después de pensar cuál es la razón por la que yo que poco tengo que ver con los protagonistas de la historia ando dando la noticia como propia llegue a la conclusión de que en mi caso, cuando la pena desborda se comparte y pesa menos. Yo necesito que todos sepan que Pedro no está y sientan por dos segundos lo que el universo perdió con su partida, duelemos todos un poco a Pedro para que juntos podamos ayudar a Betty que lleva su nuevo estado civil con la sensibilidad que la caracteriza, sin miedo a sentir profundamente y manifestarlo. Pedro jugaba al golf, tenía poca paciencia y un ácido humor lleno de ingenio que nos contagia a todos, era de las pocas personas a las que no les interesa agradar, caen bien por carisma y porque con ser les alcanza …era el bonvivant del edificio, solo participaba de las reuniones de consorcio para el brindis con champagne y compromisos de asados que claramente no fueron suficientes para disfrutarlo. Con Betty se decían Moni, esos apodos de pareja que seguramente pocos saben cuándo o a partir de que nació, un código propio, un nombre nuevo para el otro solo compartido bajo el paraguas de su amor. Nadie jamás volverá a decirle Moni a Betty y me duele a mi. Me entristece su tristeza porque es lógica, es real, es palpable en los pasillos y cada vez que imagino su corazón desgarrado extrañando los detalles que él hacía y que a ella la definen. Es su tiempo, será lo que necesite pero no puedo despegar la voz de Pedro y su recuerdo de mi edificio, mi casa, la ventana del primer piso y su casa de provincia a la que escapó en pandemia para deleitarse con la naturaleza y la calma fuera de la ciudad de la furia. Hay ausencias tan presentes que es imposible ignorarlas,y para mi él es así. Quisiera aprender de ese amor de mil años y cuatro hijos, nueve nietos y despedidas con camisetas de river y dibujitos, quisiera que honrar la vida fuera más que una consigna y aprendieramos de Pedro y Betty que la degustaron juntos, la disfrutaron y armaron a su antojo con un amor desapegado y lleno de diferencias personales que se encontraban en lo importante, ellos.
Siento mucha humildad y un poco de vergüenza por hacer mía en estas palabras la tristeza de una familia que merece solo felicidad, pero si no lo decía ustedes no lo sabían y necesito aunque no sé la razón, que dentro de mi alcance todos sepan que Pedro fue uno de pocos y si llegaron hasta acá saben que fue hermoso conocerlo y que su legado integro lo dejara descansar en paz.
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