Caminé por la Avenida de Mayo este 24 de marzo y sentí ese calor que solo emana de los cuerpos que se juntan por una convicción que trasciende los gobiernos. No era solo una marcha; era una respuesta física, masiva y vibrante al frío mensaje que, horas antes, se había eyectado desde las cuentas oficiales de la Casa Rosada. Mientras en las pantallas de los celulares circulaba un documental de una hora y cuarto que buscaba “completar” la historia, en la calle el mensaje era uno solo: la memoria no es un rompecabezas de conveniencia, es un compromiso con la verdad que el Estado terrorista intentó desaparecer. ¿Se puede borrar con un video de YouTube el consenso democrático más sólido de nuestra historia?.

El contra-relato oficial en el 50° aniversario

Formalmente, el Gobierno nacional conmemoró el 50° aniversario del golpe de Estado de 1976 con la publicación de un video institucional titulado “Las víctimas que quisieron esconder”. La pieza, con una estética de documental de investigación, intenta instalar lo que denomina una visión de “memoria, verdad y justicia completa”, centrando su narrativa en las acciones de las organizaciones guerrilleras de los años 70 y cuestionando duramente la política de Derechos Humanos de las últimas dos décadas.

El video no escatimó en golpes de efecto: incluyó testimonios de familiares de víctimas de organizaciones como el ERP y Montoneros, y utilizó la palabra de una nieta restituida que, en un giro doloroso para muchos organismos, recomendó “contar la historia verdadera”. Desde la comunicación política, el mensaje fue claro: acusar al kirchnerismo de un “fatal experimento narrativo” y presentar a la actual administración como la portadora de un relato libre de “imposiciones ideológicas”.

La resurrección de los “dos demonios”

¿Por qué el Gobierno decide, justo al cumplirse medio siglo del golpe, desempolvar los argumentos que la sociedad argentina ya procesó en el Juicio a las Juntas y en décadas de democracia? El análisis de intenciones revela un afán de impunidad discursiva. Al intentar equiparar el accionar de grupos civiles con el terrorismo de Estado —un sistema planificado de secuestro, tortura, robo de bebés y exterminio—, el Ejecutivo busca relativizar el genocidio para legitimar su propio modelo económico.

No es una búsqueda de verdad; es un cálculo político para fragmentar el consenso social. El uso de términos como “reconciliación” o la denuncia del “invento de los 30 mil” no son errores de guion, sino una provocación abierta a la lucha que puso a la Argentina como modelo internacional en defensa de la democracia. El destinatario de este video no es el vecino que camina por la Plaza, sino ese núcleo duro que necesita una validación oficial para sus prejuicios más profundos, intentando reinstalar la idea de que el golpe fue una respuesta necesaria al caos.

La memoria colectiva como escudo

El impacto real de esta movida oficial fue el efecto bumerán. La marcha de este año tuvo una sensibilidad especial, una consciencia social que parecía decir: “acá estamos para cuidar lo que nos costó tanto conseguir”. La calle respondió con una multitud que desbordó cada acceso a la Plaza de Mayo, contraponiendo los rostros de los desaparecidos a los testimonios editados del spot oficial.

La consecuencia inmediata es que el Gobierno ha logrado amalgamar a sectores muy diversos bajo la bandera del “Nunca Más”. Lo que se presentó como una “historia completa” fue leído por la sociedad como un intento de victimizar a los condenados por delitos de lesa humanidad. La fricción interna no se da solo en el tablero político, sino en el corazón de las familias: mientras el video oficial llama a una “unión de los argentinos” basada en el olvido, la Plaza demostró que la única unión posible es sobre la base de la justicia.

El silencio no inocente

Lo que falta deliberadamente en el video de la Casa Rosada es la mención al genocidio planificado y al plan económico que el golpe vino a imponer para empobrecer a las grandes mayorías. El silencio sobre el robo sistemático de bienes y la apropiación de niños como política de Estado es ensordecedor. Se busca ocultar que las políticas de Derechos Humanos no fueron una “imposición revanchista”, sino la respuesta institucional de un país que decidió no ser cómplice del silencio.

Cierre abierto

La pregunta que nos queda, mientras las luces de la Plaza se apagan pero los pañuelos siguen atados a las mochilas, es: ¿hasta dónde está dispuesto el Gobierno a tensar la cuerda de la historia para alimentar su relato? En las próximas semanas habrá que monitorear si este video es solo el inicio de una ofensiva judicial para revisar condenas a represores. Pero algo quedó claro este 24: aunque el algoritmo intente reescribir el pasado, la memoria colectiva tiene raíces que ningún spot puede arrancar. La verdad no se edita, se habita.

Julian Sosa

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