Puntos de vista

La fe como gestión: ¿Se puede gobernar la Argentina sin una guerra mística?

¿Es posible administrar la Argentina desde la racionalidad pura o somos una sociedad tan dañada emocionalmente que solo aceptamos ser conducidos por líderes que nos prometen una guerra mística contra un demonio de turno?. Históricamente, la política local ha demostrado que la gestión técnica no alcanza para sostener el poder; se requiere de una “mitología fundacional” que convierta al líder en el guardián de una verdad moral superior. Esta necesidad de trascendencia parece ser el único combustible capaz de generar resiliencia cuando los números no cierran y la realidad golpea la puerta. Hoy, asistimos a un desplazamiento fascinante: la mística laica y progresista de las últimas décadas está siendo reemplazada por una mística teológica y occidental que busca legitimar el ajuste a través de la purificación.

Formalmente, la política argentina se ha convertido en un escenario donde se administran las creencias de las masas. Por un lado, el kirchnerismo construyó su capital político tras la crisis de 2001 utilizando los Derechos Humanos como un escudo moral, transformando una demanda social en el eje espiritual de su gestión. Por el otro, Javier Milei introduce una novedad al desplazar ese relato hacia una espiritualidad judía , donde su alineamiento con Israel y las referencias bíblicas a los “Macabeos” encuadran su reforma económica como una batalla entre el bien y el mal. Ambos movimientos entendieron que, para que la bandera espiritual sea efectiva, necesitan una “guardia pretoriana” joven: el kirchnerismo con la militancia territorial de La Cámpora y Milei con sus “Gordos de Twitter” y la insurgencia digital.

El análisis de intenciones revela que esta construcción de mística no es un accesorio, sino una herramienta de supervivencia política. Un gobierno que solo ofrece números es vulnerable; la mística ofrece tres funciones clave: resiliencia ante los momentos difíciles, simplificación de problemas complejos (como la deuda o la inflación) en narrativas de héroes y villanos, y una sensación de trascendencia para el votante. Mientras el kirchnerismo buscaba legitimar el poder desde la reparación histórica, el “mileísmo” busca legitimar el ajuste desde una supuesta purificación moral contra “la casta”. En ambos casos, el líder utiliza estos marcos para blindarse frente a las críticas: para uno, cualquier opositor es un “heredero de la dictadura”; para el otro, es un “orco” o un “estatista” que impide la libertad.

Las consecuencias de este modelo son profundas. La mística no puede sobrevivir en la paz, porque es en el conflicto donde la identidad se fortalece. Esto genera una necesidad política de conflicto perpetuo; la gestión espiritual busca al enemigo porque nada une más a un grupo que el miedo a que el “otro” gane. Así, la política argentina se aleja del consenso técnico para abrazar una “épica del combate”. El riesgo real es que los seguidores terminan siendo permeables a una instrumentalización donde la pasión juvenil y la fe ciega reemplazan a la razón, permitiendo que el líder sostenga su lealtad incluso cuando la realidad económica choca de frente contra la narrativa mística.

Lo que no se dice explícitamente es que estos relatos sirven para perdonar los pecados propios en nombre de un bien mayor. El enemigo absoluto —ya sea “el neoliberalismo” o “el socialismo”— funciona como el “Anticristo” necesario para que la tropa no cuestione las inconsistencias de la gestión. Se sacraliza la historia o la teología no por una búsqueda de verdad real, sino por una conveniencia estratégica para generar una lealtad que la gestión gris de la administración pública jamás podría conseguir por sí sola.

Queda una pregunta incómoda para las próximas semanas, mientras la economía sigue su curso volátil: ¿Es esta conexión espiritual una búsqueda de verdad real en el líder, o es simplemente una herramienta para generar lealtad ciega donde la razón ya no alcanza?. Habrá que monitorear si la mística de “las fuerzas del cielo” tiene la misma durabilidad que la épica de los setenta cuando el bolsillo del ciudadano deje de sentir el efecto anestésico del relato. En la Argentina, la fe suele ser el último refugio antes de que la realidad dicte su sentencia definitiva.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver al botón superior