Hay algo en la luz de la tarde sobre nuestras avenidas durante el verano porteño que nos invita a dejar de ser transeúntes apurados para convertirnos en visitantes curiosos de nuestra propia casa. La propuesta es simple pero potente: habitar esos espacios que siempre están ahí, pero que en verano se vuelven nuestros verdaderos refugios.

Del 24 de enero al 28 de febrero, llega un ciclo que busca precisamente eso: que vivamos la temporada con una mirada amplia y diversa en todos los barrios. Lo que me parece más valioso de esta iniciativa, llamada Cultura de Verano, es que pone el foco en lo que nos une: las terrazas, las plazas y esos sitios patrimoniales que, de repente, se transforman en escenarios de encuentro. No es solo ir a ver un show; es la experiencia de estar ahí, de noche o de día, compartiendo una película a cielo abierto o una melodía que vuela entre los árboles.

La música como hilo conductor

Si hay algo que nos define como porteños es esa necesidad de encontrarnos en la música, y este cronograma tiene momentos que parecen abrazar todas nuestras facetas. Me pregunto, por ejemplo, qué diálogos internos se dispararán en el Teatro Colón con Astor, Piazzolla eterno. Del 24 de enero al 8 de febrero, un octeto de músicos va a reconstruir el genio de Astor a través de sus propias entrevistas y pensamientos. Es una invitación a sumergirse en su alma, en esa lucha y pasión que dejó una huella imborrable en nuestra cultura.

Pero también está esa otra música, la que nace del asfalto. El sábado 24 a las 20 h, Nahuel Pennisi llega a la Usina del Arte. Es fascinante pensar en su recorrido: de artista callejero a ser una de las figuras más queridas de nuestra escena. Esa misma noche, para los que buscan algo que vibre más cerca de la tierra, el Anfiteatro del Parque Centenario recibe a Latinaje, una propuesta de latin jazz que promete un recorrido por su trayectoria y nuevos sonidos bajo las estrellas. Y si hablamos de herencias, el viernes 30 Ernestito Montiel rendirá homenaje al chamamé en ese mismo escenario, celebrando el legado de Ernesto Montiel a 50 años de su partida. ¿No es acaso esa mezcla de jazz, tango y folklore lo que nos hace ser quienes somos?

Habitar la historia y el presente

A veces, para entender el presente, necesitamos bajar un poco la velocidad. Me encanta la idea de los talleres de bienestar en la Casa de la Cultura; esos sábados a las 11 h donde el yoga y la meditación nos proponen habitar el presente en un lugar tan emblemático como el espacio de Las Rotativas. Y ahí mismo, a las 19 h, Carlos Cantini nos invita a una “Mesa Compartida” para explorar las crónicas de la Buenos Aires cotidiana y los secretos que esconden nuestras esquinas más tradicionales.

Para quienes disfrutan del cine, hay algo mágico en ver un clásico como Cantando bajo la lluvia en el Centro Cultural Recoleta el sábado 24. Es una película que nos recuerda la locura creativa y el paso del cine mudo al sonoro, un documental de sí misma que no se suspende por lluvia. Pero también podemos optar por la comedia nacional, como Sin hijos con Diego Peretti, que se proyectará el sábado 31 en el Espacio Cultural del Sur.

Lo colectivo también se manifiesta en el baile. La Milonga de campeones los lunes en la Casa de la Cultura, o la Peña de verano en la Chacra de los Remedios el domingo 25, son esos espacios donde el cuerpo toma la palabra. Me parece fundamental que existan lugares como las Tertulias líricas los martes, donde la ópera se vive sin solemnidad, como parte de nuestra banda sonora diaria en un ambiente de café concert.

Mirar con ojos de niño

La cultura de verano también piensa en las infancias, pero no desde el consumo pasivo, sino desde la curiosidad. El taller de arqueología en el Museo Moderno es una joya: invitar a los chicos a explorar el pasado de la ciudad a través de los restos materiales de la casa porteña más antigua. O la obra Lexi, que el miércoles 28 en el CC 25 de Mayo aborda la dislexia con una sensibilidad que nos enseña a abrazar lo que nos hace únicos.

También hay lugar para la fantasía más pura con las marionetas de Tuntuntres o las historias en globo aerostático de Estrella y Estrellita. Porque, al final, proponerles a los más chicos un paseo por el museo para que sus títeres “cobren vida” entre las obras de arte es una forma de sembrar la idea de que los museos son lugares para jugar y crear, no solo para mirar.

¿Por qué esto nos importa?

Al final del día, estas propuestas nos dicen mucho sobre quiénes somos. Somos una ciudad que baila tango con sus campeones un lunes a la tarde, que se emociona con un homenaje sinfónico a María Elena Walsh un domingo en la Usina, y que se queda hasta tarde en una peña folklórica compartiendo un mate.

La agenda es inabarcable y eso es lo hermoso:

  • Música de autor: Lichi en la terraza del Recoleta o Maca Mona Mu en el CC 25 de Mayo.
  • Caminatas históricas: Recorrer los cuatro momentos de la historia porteña el martes 27.
  • Encuentros literarios: “Un rato con libros” para dejarse llevar por historias que conmueven.
  • Grandes maestros: Luis Salinas cerrando el ciclo en el Parque Centenario con su universo de jazz y blues.

Buenos Aires nos ofrece sus plazas, sus terrazas y sus museos para que dejemos de ser espectadores y nos convirtamos en protagonistas de nuestra propia crónica de verano. La invitación está hecha: salir, caminar, encontrarnos y dejar que la curiosidad sea nuestra única brújula. La ciudad está ahí, abierta y vibrante. ¿Nos vemos en alguna de estas esquinas?.

Carolina Andrade

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