El silencio no es salud: la frecuencia que los medios decidieron apagar

Soy una mujer de radio y, por deformación profesional, entiendo que el silencio es solo una pausa necesaria para tomar aire antes de decir algo importante. Pero este 8 de marzo, el silencio en el éter y en las redacciones locales no fue una pausa; fue una omisión deliberada, un bache en la transmisión que delata una desidia estructural. Como alguien que habita la ciudad como un laboratorio y rescata crónicas que otros ignoran, me resulta imposible no sentir ese cinismo justo ante la falta de cobertura de una jornada que, lejos de ser una efeméride de calendario, es el pulso de una trinchera que seguimos defendiendo.
Mientras los medios locales parecían más ocupados en el ruido de la coyuntura política o el espectáculo vacío, el resto del mundo vibraba en una frecuencia distinta. En otras latitudes, el 8M ocupó las portadas no como un gesto de cortesía, sino como un reconocimiento a una lucha que es global. Resulta paradójico que, mientras aquí se bajaba el volumen, en lugares donde la voz puede costar la vida, el mensaje se transmitía con una potencia feroz. Pienso, por ejemplo, en la selección de fútbol de Irán, cuyos gestos de apoyo a las mujeres de su país —desafiando la solemnidad de los himnos y la rigidez de un sistema opresor— nos recordaron que la voz no pide permiso, sino que abre mentes. Si ellos, bajo la sombra de la represalia, pudieron sintonizar con el reclamo, ¿cuál es nuestra excusa para el desinterés?
La “honestidad brutal” que pregono me obliga a decir que esta falta de cobertura no es gratuita. Se ignora lo que incomoda. Se silencia el hecho de que, en pleno 2026, la brecha laboral sigue siendo un abismo donde las mujeres seguimos haciendo el trabajo pesado por una fracción del reconocimiento. Pero hay un silencio aún más peligroso, uno que se esconde en los laboratorios y en los estudios clínicos. Durante décadas, la ciencia nos ha tratado como una nota al pie, utilizando el cuerpo masculino como el estándar universal. Esta exclusión histórica en la investigación médica no es solo un error metodológico; es una forma de violencia invisible que afecta nuestra salud desde la raíz. Comunicar la salud desde la verdad desnuda implica denunciar que todavía nos diagnostican y nos medican con manuales que no fueron escritos pensando en nosotras.
Mi periodismo carece de militancia dogmática, pero sobra en convicciones. Ser feminista es, para mí, una forma de higiene mental frente a una realidad que insiste en tratarnos como una minoría ruidosa cuando somos la mitad del mundo. La solemnidad me queda chica, pero el compromiso con la historia me queda justo a la medida.
Que los medios apaguen la señal no significa que el mensaje no esté llegando. Mi señal no se apaga; simplemente se ve obligada a transmitir con mucha más potencia y mejor definición para perforar esa indiferencia mediática. Porque al final del día, escribir es la única manera que conozco para que estos olvidos selectivos no se conviertan en la norma. Seguimos transmitiendo, aunque nos quieran imponer el silencio.
