Caminar ayer por la Avenida de Mayo no fue simplemente marchar; fue atravesar un túnel de tiempo donde el pasado y el presente se fundieron en un solo grito. A medio siglo del quiebre más doloroso de nuestra historia, Buenos Aires no amaneció gris, sino encendida por una marea humana que, lejos de agotarse con las décadas, parece renovar su savia en cada generación.
Desde temprano, el aire ya tenía ese aroma familiar: mezcla de choripán, sahumerios y el perfume dulce de las flores que las Abuelas llevaban en el pecho. “No son solo números, son ausencias que pesan”, me susurró una mujer que, con las manos nudosas, sostenía una foto en blanco y negro de un joven que bien podría ser cualquier estudiante de hoy.
La asistencia fue, por decir poco, sobrecogedora. Aunque las cifras oficiales siempre bailan según quién las cuente, la sensación térmica en la calle hablaba de una de las movilizaciones más masivas de los últimos años. Cientos de miles —algunos estiman que se superaron las 400.000 personas solo en el centro porteño— cubrieron desde el Congreso hasta la Plaza de Mayo, extendiéndose por las diagonales como venas abiertas de una ciudad que se niega a olvidar.
Lo que más conmovía era el silencio que precedía a los cánticos. Un silencio de respeto, casi religioso, que se rompía cuando las columnas de las agrupaciones empezaban a latir al ritmo de los bombos.
En el asfalto convivieron todas las banderas, bajo la consigna unificadora de “Memoria, Verdad y Justicia”. El despliegue de las agrupaciones fue un reflejo de la compleja y vibrante estructura social argentina:
Al llegar a la Plaza, el sol de la tarde pegaba de lleno en los pañuelos blancos. Hubo un momento, pasadas las 16:00, en que la lectura del documento oficial hizo que el tiempo se detuviera. Se habló de la economía, de los sueños rotos, pero sobre todo, de la identidad.
Ver a adolescentes de 15 años —que nacieron treinta años después del golpe— llorar al escuchar los nombres de los desaparecidos, es la prueba de que la memoria en Argentina no es una pieza de museo, sino un músculo vivo.
Me fui de la Plaza cuando el sol ya caía, con los pies cansados pero el corazón extrañamente liviano. A 50 años, la herida sigue ahí, pero ayer quedó claro que el pueblo argentino ha aprendido a caminar con ella, no para lamerse el dolor, sino para asegurarse de que el camino de regreso al horror esté clausurado para siempre.
Porque ayer, una vez más, la vida le ganó al olvido.
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