En Álvarez de Toledo, un paraje de pocas casas ubicado a 15 kilómetros de Saladillo, un antiguo almacén de ramos generales que data de 1930 ha revivido como un nodo cultural y gastronómico. El edificio, conocido como El Puntal, fue recuperado por Viviana Benedetti y su familia en 2012 y se sostiene por un grupo de amigos, transformándose en el único almacén tradicional restaurado y abierto al público en la localidad, un testimonio clave de la vida rural.
Este espacio, que históricamente fue punto de encuentro para viajeros de tren y vecinos, opera hoy como un puente entre la vida rural que fue y la que todavía resiste en localidades con escasa cantidad de habitantes. La intención no es crear una escenografía, sino mantener la memoria viva, con pisos de madera gastada, techos altos, y estanterías originales. La propia Viviana Benedetti afirmó que la historia del lugar les otorgó la “misión de mantener viva la esencia del lugar y ofrecer una experiencia auténtica, con raíces bien criollas”.
Adentro, cada elemento funciona como una pieza de museo que cuenta la historia del pueblo. Esto incluye mostradores originales, radios antiguas, sifones y utensilios. Quizás el elemento más riguroso son los más de 80 libros contables del almacén, que fueron encontrados, ordenados y preservados. Estos ejemplares, fechados entre 1937 y 2008, permiten a los visitantes observar “nombres, compras, números y firmas de un pueblo” que hoy conserva apenas unas pocas familias. La trastienda, con sus aberturas de hierro y vidrios de colores, así como el salón “el de los remates,” amplían el espacio destinado al museo.
La propuesta gastronómica refuerza la identidad del lugar, centrándose en la cocina casera y la potencia de lo simple. Se ofrecen tablas de fiambres, empanadas criollas fritas, carnes a la parrilla, y pastas. Para las tradicionales meriendas de campo, se elaboran pan casero con dulces de membrillo o higo, tortas fritas, pastelitos y pastafrola.
La combinación de esta oferta culinaria con la identidad cultural derivó en un programa de actividades que cruza la gastronomía con la expresión artística y el bienestar, un enfoque contemporáneo sin perder el carácter rural. Se ofrecen talleres de cerámica cruda, pintura en madera, clases de cocina y encuentros de bienestar, como la actividad “Cuerpo, mente y alma”. En este sentido, Viviana destacó que “La gente sale distinta. El Puntal tiene algo que relaja”.
Es importante notar que el proyecto mantiene una política clara para preservar su atmósfera: las actividades son con cupos reducidos, entre 10 y 20 personas. La decisión busca garantizar que el espacio “se aprecie” y evitar su saturación. Para quienes deseen visitar El Puntal, se requiere planificar la visita o consultar la cartelera disponible en redes sociales.
El Puntal se define a sí mismo como un cruce entre cultura, tradición y gastronomía; una rareza en tiempos de urgencia y pantallas, donde el tiempo vuelve a tener otro ritmo. No se presenta como un restaurante puro, un museo estricto o un centro cultural, sino como la convergencia de las tres cosas, hiladas a partir de una sensibilidad familiar que decidió rescatar un edificio y, con él, una forma de encuentro comunitaria.
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