Para algunos es un dolor de cabeza por el tráfico; para otros, la excusa perfecta para tirar espuma y refrescarse el calor de febrero. Pero si uno se detiene un segundo a mirar detrás del brillo de las lentejuelas, el Carnaval Porteño es, ante todo, la última reserva de identidad que les queda a nuestros barrios.
En una ciudad que corre cada vez más rápido y donde cada vez nos miramos menos a los ojos, el corso es el momento del año donde la calle vuelve a ser nuestra. No es solo “ruido”: es el pibe que ensayó todo el invierno en una plaza para sacar el paso, es la abuela que cosió durante meses cada aplique de la levita y es el vecino que, por una noche, se olvida de la grieta para compartir un choripán en la vereda.
La murga porteña tiene ese “no sé qué” que mezcla la elegancia del dandy con la rebeldía del que no tiene nada. Sus letras —la famosa “crítica”— son el editorial de los que no tienen micrófono: le cantan al aumento del bondi, al bache de la esquina y al amor que se fue. Es periodismo cantado, con ritmo de 2×4 y olor a nieve loca.
Es cierto, los cortes de calle molestan. Pero, ¿qué es un fin de semana de desvíos frente a un año entero de contención social? Porque la murga no nace en febrero; la murga vive todo el año en los clubes y centros culturales, sacando a los chicos de la esquina y dándoles un sentido de pertenencia.
Por eso, este febrero, cuando escuches el primer bombazo a lo lejos, no te enojes con el tráfico. Bajá con la reposera, comprate una nieve y dejate llevar por ese ritmo que, nos guste o no, es el pulso de nuestra propia historia. Porque mientras suene un parche, el barrio sigue vivo.
Los corsos se llevarán a cabo durante todos los fines de semana del mes, alcanzando su punto máximo en los feriados puente de finales de febrero.
El Ministerio de Seguridad y la Secretaría de Transporte ya confirmaron los puntos donde el paso vehicular estará restringido. Se recomienda evitar las siguientes arterias:
Nota para conductores: Los cortes de calle suelen iniciarse a las 16:00 hs para permitir el armado de escenarios y vallas, por lo que el caos en las paralelas puede ser intenso desde temprano.
Cada barrio tiene su favorita, pero hay agrupaciones que, por historia y despliegue, son las más convocantes de la temporada:
Para disfrutar de una jornada segura, las autoridades recomiendan no llevar botellas de vidrio a los perímetros de los corsos y utilizar transporte público. Asimismo, la venta de nieve loca está regulada por los propios centros culturales para garantizar la calidad de los productos.
Buenos Aires vuelve a oler a espuma y a sonar a redoblante. La fiesta está en la calle y, como cada año, la invitación es para toda la familia.
Hablar del carnaval en Buenos Aires no es hablar de una moda pasajera, sino de una resistencia que cumple más de un siglo y medio. Aunque hoy los veamos como un desfile de colores, los corsos porteños nacieron como un espacio de libertad donde las clases populares, los afrodescendientes y los inmigrantes mezclaban sus penas y alegrías en una danza que la “alta sociedad” de fines del siglo XIX miraba de reojo.
La murga, tal como la conocemos hoy, es un crisol. Heredó el ritmo de los antiguos candombes, la elegancia de las estudiantinas españolas y la sátira de los inmigrantes italianos. Durante las primeras décadas del 1900, los corsos eran el evento social del año: las familias sacaban sus sillas a la vereda (una tradición que todavía sobrevive) para ver pasar a las agrupaciones que, con bombos y platillos, le cantaban a la realidad del país.
Sin embargo, no siempre hubo baile. En 1976, la dictadura militar eliminó los feriados de carnaval a través del decreto 21.329, intentando silenciar esa voz colectiva que nacía en las calles. Pero la murga no murió; se refugió en los clubes de barrio, ensayó en las sombras y esperó su momento para volver a salir al sol.
El gran triunfo llegó con la democracia, pero se formalizó años después. En 1997, la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires declaró a los Carnavales Porteños como Patrimonio Cultural de la Ciudad. Este no es un título menor: significa que el Estado reconoce a la murga como una expresión artística legítima y esencial para la identidad de los vecinos.
Poco después, la restitución de los feriados nacionales en 2010 terminó de devolverle al carnaval su lugar en el calendario oficial, dándole el marco legal que hoy permite que más de 100 agrupaciones desfilen con el respaldo de la ley.
Son patrimonio porque en cada levita están bordados los nombres de los que ya no están, porque cada paso de baile es un código que se transmite de padres a hijos, y porque el corso es, quizás, el último gran teatro abierto y gratuito de la Ciudad.
Cuando hoy vemos a un nene de cinco años saltando al ritmo del bombo junto a un veterano de setenta, entendemos que el carnaval no es solo una fiesta: es nuestra historia viva, que se niega a ser olvidada y que, cada febrero, vuelve a reclamar su lugar en el empedrado.
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