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La góndola contra el mercado: el misterio de la lechuga que baja pero sube

¿De qué sirve que los precios mayoristas retrocedan si el ticket de la caja del supermercado sigue perforando el bolsillo? Cuando los informes técnicos hablan de una “contracción” en el precio de la verdura en el Mercado Central, pero el vecino de Almagro o Villa Crespo paga casi un 4% más por los mismos productos en la góndola, hay que preguntarse: ¿Quién se está quedando con la diferencia en el medio de la cadena? La brecha entre el productor y el consumidor no es solo un dato estadístico; es la radiografía de una ineficiencia que el gobierno no logra (o no quiere) arbitrar mientras festeja una baja de la inflación mayorista que no llega al plato de comida,.

Desinflación mayorista vs. inflación minorista

Los números fríos de febrero de 2026 cuentan dos historias paralelas. En el Mercado Central de Buenos Aires (MCBA), el promedio ponderado de las seis hortalizas más vendidas mostró una caída del 4,0% respecto a enero. El tomate bajó un 24,7% y la lechuga un 24,0%. Si miramos las frutas, la caída fue aún más pronunciada: un 9,4% promedio, impulsada por un desplome del 38,3% en el precio del limón.

Sin embargo, en el mundo de los supermercados, la realidad es opuesta. El promedio de esas mismas seis hortalizas no solo no bajó, sino que se incrementó un 3,8%. El caso de la papa es el más obsceno: mientras en el mercado mayorista subió un 18,5% por escasez estacional, en las grandes cadenas el aumento fue del 40,4%,. Esto llevó la brecha de precios entre el Mercado Central y los supermercados a un escandaloso 110,9%, ensanchándose 21 puntos porcentuales en apenas treinta días.

Análisis de intenciones: Importar para no producir

Detrás de estos porcentajes hay una dinámica de gestión que el CEPA viene señalando y que merece una lectura política. Para cubrir el bache de la papa, se recurrió a importaciones desde Brasil a precios elevados. Con la naranja pasó algo similar: ante la falta de stock nacional, el mercado se llenó de fruta importada de Egipto y España.

Aquí aparece la primera contradicción del modelo: somos un país con un “fuerte perfil exportador” que vende jugo de naranja al mundo, pero que no puede garantizar la fruta en la mesa de sus ciudadanos sin traerla del Mediterráneo. ¿Es una solución técnica o una transferencia de divisas para tapar la falta de políticas de incentivo al cinturón verde bonaerense? El aumento de la naranja (5,9%) y de la papa se explican por estas “condiciones de abastecimiento ajustadas”, un eufemismo para decir que no se planificó la temporada y el parche terminó costando más caro.

Ganadores y perdedores

El gran ganador de febrero fue el supermercadismo, que logró desacoplar sus precios de la baja mayorista. La dispersión de precios es la herramienta perfecta para la confusión: en el caso de la lechuga, la brecha entre cadenas llegó al 53,6%, con Jumbo liderando los precios más altos y Carrefour los más económicos. Esta dispersión permite que las cadenas manejen márgenes de rentabilidad que exceden por mucho los costos logísticos tradicionales.

El perdedor es, nuevamente, el índice de inflación (IPC). Si bien la caída en el Mercado Central permitiría proyectar una baja de 0,13% en el rubro frutas del IPC, la resistencia de los supermercados a trasladar esas bajas anula el efecto positivo para el consumidor. El gobierno festeja el “éxito” del Mercado Central como una señal de desinflación, pero ignora que el 110% de brecha es, en realidad, un impuesto privado a la alimentación básica.

El costo del barro y el silencio del regulador

Lo que falta deliberadamente en la narrativa oficial es la responsabilidad sobre la logística y la intermediación. Se menciona que el volumen de papa fue “limitado” por el inicio tardío de envíos desde el sudeste bonaerense, pero no se analiza cuánto de eso tiene que ver con la infraestructura de transporte.

Tampoco se menciona quiénes son los beneficiarios de abrir la importación de alimentos básicos como la papa o la naranja. Mientras el sector exportador crece, la “escasez relativa” se convierte en la excusa perfecta para subir precios en el mostrador minorista que luego, cuando la oferta se normaliza —como ocurrió con la papa hacia el final del mes—, rara vez vuelven a su valor original en la góndola. Se importa caro para bajar el precio mayorista, pero el beneficio se queda atrapado en los eslabones de la gran distribución,.

Los proximos meses…

¿Qué pasará en marzo cuando el ingreso de la producción nacional de papa y hortalizas de hoja se normalice? La teoría económica dice que los precios deberían bajar en el súper. La experiencia argentina, sin embargo, sugiere que las brechas de tres dígitos suelen ser el nuevo “piso” de una rentabilidad que nadie se atreve a cuestionar.

Habrá que monitorear si el gobierno sigue usando al Mercado Central como un decorado para sus informes de baja de precios o si finalmente pondrá el ojo en el 110% de diferencia que separa a una ensalada de ser un plato cotidiano a ser un artículo de lujo. Porque si la comida baja en la pizarra pero sube en la bolsa, lo que tenemos no es desinflación, sino un fallo sistémico de mercado.

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