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El micro-goteo de la confianza: ¿Se acabó la luna de miel o es solo una meseta?

¿Qué sucede cuando la percepción de “honestidad” de un funcionario sube, pero la confianza en su “capacidad” para resolver problemas se desploma? En la política argentina, solemos confundir la esperanza con los resultados, y el último informe de la Universidad Torcuato Di Tella parece haber capturado ese momento exacto donde la narrativa oficial choca contra la gestión diaria. ¿Es posible gobernar un país basándose en la fe de los menores de 30 años mientras el resto de los indicadores empieza a mostrar signos de fatiga?

El goteo de febrero

Formalmente, el Índice de Confianza en el Gobierno (ICG) correspondiente a febrero de 2026 se ubicó en 2,38 puntos, registrando una leve caída del 0,6% respecto a enero. A simple vista, parece un movimiento marginal, un “ruido” estadístico en una gestión que se mantiene en un promedio de 2,44 puntos desde que Javier Milei llegó a la Casa Rosada.

Sin embargo, el diablo está en los detalles interanuales: el índice cayó un 6,8% en comparación con el mismo mes del año pasado. Aun así, el Gobierno se aferra a una victoria comparativa: este nivel de confianza es un 59,5% superior al que tenía Alberto Fernández en febrero de 2022 (1,49) y un 2,7% más alto que el de Mauricio Macri en el mismo punto de su mandato (2,32). El oficialismo lee esto como resiliencia; el analista escéptico lo ve como un piso que, aunque alto, empieza a mostrar grietas por donde se filtra el descontento.

El divorcio de los componentes

Lo más revelador de este informe no es el número general, sino la divergencia entre lo que la gente cree de los funcionarios y lo que ve de su gestión. En febrero, la Honestidad (+2,6%) y la Eficiencia (+2,7%) en el gasto mostraron variaciones positivas. El mensaje de “no hay plata” y el combate a la corrupción parecen seguir rindiendo frutos en el plano simbólico.

Pero aquí aparece la primera señal de alerta: la Capacidad para resolver problemas cayó un 4,9%, la baja más pronunciada de todos los ítems. Es un dato político central. El electorado le otorga al Gobierno el beneficio de la duda moral, pero empieza a cuestionar su pericia técnica para sacar el barco adelante. También cayeron la Evaluación general (-1,8%) y la Preocupación por el interés general (-1,0%). El relato de la “casta” ya no alcanza para tapar los baches de una gestión que, para muchos, empieza a verse desorientada frente a los problemas cotidianos.

El tablero social

¿Quiénes son los que sostienen hoy la estructura de confianza de Milei? El informe es tajante: los jóvenes de 18 a 29 años. En este segmento, el ICG saltó un 10,7%, alcanzando los 2,99 puntos. Es un fenómeno de fidelidad casi religiosa que compensa la caída en los mayores de 30 años.

En el plano geográfico, el Interior del país (2,60) sigue siendo el bastión de confianza, mientras que en el AMBA los números son mucho más magros: la CABA bajó a 2,10 y el GBA se mantiene en el fondo con 2,04. El cálculo político es claro: el Gobierno le habla al joven del interior que aún cree en la “luz al final del túnel”, mientras descuida a los sectores urbanos y a los adultos mayores, que son quienes más sienten el rigor del ajuste.

La brecha de género y el factor seguridad

Hay un silencio estratégico en la comunicación oficial sobre la brecha de género. El ICG entre hombres subió un 4,0%, pero en las mujeres se hundió un 7,0%. La diferencia es de 0,51 puntos, una de las más amplias de la gestión. Este es un gobierno que le habla a los varones. El “sentido común” oficial parece estar expulsando al electorado femenino, una debilidad estructural que podría pasar factura en las legislativas.

Otro dato que suele minimizarse: la victimización. Quienes fueron víctimas de delitos en el último año tienen una confianza sensiblemente menor (2,00) que quienes no lo fueron (2,50). La inseguridad, un tema que el Gobierno intenta capitalizar con retórica de mano dura, sigue siendo un ancla que arrastra el índice hacia abajo cuando la realidad golpea en la calle.

¿Hacia una recuperación sin gestión?

La pregunta que queda flotando es: ¿cuánto tiempo más puede la “perspectiva económica” sostener el índice? Entre quienes creen que la economía mejorará, la confianza es de un astronómico 4,30, mientras que para los pesimistas es de apenas 0,43.

El Gobierno de Milei ha logrado algo inédito: mantener niveles de confianza aceptables basándose casi exclusivamente en la esperanza de los jóvenes y en la percepción de honestidad, mientras la percepción de su capacidad técnica retrocede.

El indicador a monitorear en las próximas semanas no será el dólar, sino si esa caída en la “Capacidad” se traslada al resto de los componentes. Si el ciudadano deja de creer que el Gobierno puede resolver los problemas, no habrá discurso sobre la honestidad que alcance para frenar el goteo. ¿Se puede vivir de promesas cuando el electorado empieza a pedir resultados prácticos? El tablero está en movimiento.

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